3,600 Carácteres

Ha sido un gran rato desde la última vez que escribí o puse fotos—oops! Desde entonces, fuí a Oaxaca, Tepoztlán, y un pueblito llamado San Antonio Albarranes, donde mi prima y tía tienen una casa en las afueras, en el campo. Todos fueron lugares especiales, sin decir que también fueron c o m p l e t a m e n t e bellos. Tepoztlán, aparte, fue el sitio de una conferencia, El Instituto Tepoztlán para la Historia Transnacionál de las Américas. Más sobre todo eso en un ratíto, por el momento, aquí está un cuento que escribí para mi clase de cuentos cortos y crónicas. A ver si les apetece. (English translation of the story pending as well!) La encomienda fue “escribe un cuento sobre la comida.” Estoy leyendo La Chica Que Soñaba con un Cerillo y un Galón de Gasolina, y creo que la influenza de Stieg Larsson se me salió un poco. Aquí está.

“Comete El Pan”    Por Daniela Jiménez, El Claustro de Sor Juana, Verano 2013

-Comete el pan.- Oscar tenía cincuenta y siete años, cejas oscuras, y una voz ronca. -No quiero.- -Comete el maldito pan si sabes lo que te conviene. No seguiré discutiendo este tema.- Dos hombres, ambos vestidos en abrigos y sombreros de lana, estaban juntos en un cuarto. Las cortinas se encontraban cerradas, pero afuera, una neblina densa se estaba arrastrando lentamente a través del mar, y las últimas rayas del sol se deslizaban lentamente detrás del horizonte. Unas sirenas de  barcos de vapor sonaban en la distancia. –No quiero, Oscar. No tengo nada de hambre. Mejor ya nos vamos, para no gastar más tiempo.- Oscar estaba dando pasos de un lado del cuarto al otro. A pesar del frío de la noche, estaba cubierto con una capa ligera de sudor. Se detuvo frente a su compañero y se acerco a la cara del joven. Él se llamaba Andrés, y Oscar no sabía su edad. Parecía no tener más de veinte y cuatro años. -¿No quieres?- Dijo, despaciamente. –N-no. No tengo hambre.- Andrés tenía treinta y dos años. Era moreno y delgaducho, y sus ojos brillaban rojos, como si había estado llorando, o si no había dormido la noche anterior. Le alcanzó un olor de cigarros y whisky sobre el aliento de su compañero. Hizo para alejar su cabeza, pero la mano de Oscar de repente le salió como vibora, y se le afiznó a su mandibula. -No quiero tener que decirte otra vez,- dijo Oscar, casi susurrando. -No has comido por mas de veinte y cuatro horas, y si no comes, no podemos irnos. Te desmayarás en el camino.- Andrés lo miró con desesperación. <<¿Como puedo comer ahora? Después de lo que ha pasado…>> No se atrevió articular sus pensamientos. Los irises de Oscar eran un marron tan oscuro que casi parecían negros. Andres dio pausa, y tragó saliva. -No hay forma.- -Hay forma,- dijo Oscar, tranquilamente,-y te la enseñaré si no te das prisa y comes ahorita mismo.- Su voz había bajado algunos decibeles. Sonaba más ronca que nunca. Los dos hombres se quedaron inmóviles por unos segundos, ojo a ojo, hasta que Oscar lo soltó. Dió la vuelta, y se paró detrás de Andrés. Puso sus manos sobre los hombros del joven, y dijo, de voz engañosamente ligera, -Tienes que comer, porque en el barco, no habrá nada. Te quitan todo cuando subes. Es parte del acuerdo que tenemos. Además,- añadió, – si no comes, te dejo aquí.- Los ojos de Andrés se habrieron en terror. -No me dejarías,- dijo, con voz temblorosa. -No me harías eso. Después de… Todo…- No se voltió a mirar a Oscar en la cara, pero supo bién que de veras lo haría. Oscar era un hombre preciso, metodológico. No le importaba deshacerse de algo, o alguien, quien lo detendría. Y realmente, tenía razón. Ellos tenían que seguir adelante. Tenían que salir del puerto esa noche. No tenían otra opción. Andrés le echó la mirada al bolillo que estaba encima de la mesa. Exhaló, y lo cojió. Se lo acercó a la boca, y tomo una mordida. Comenzó a masticar el pan de harina blanca, plano, cási sín sabor. Oscar todavía estaba detrás de el. Andrés pensó que podía sentir esos ojos negros clavádos en su espalda. Hizo para tragar, pero su boca estaba tan seca que el pán se le travó en la garganta. Empezó a ahogarse. Trató de toser, pero con cada inspiración, el bocadillo se quedó más y más atascado en su tráquea. Movió la cabeza de un lado a otro. Ya no pudo ni hacer sonido. Buscó a Oscar, pero no lo veía. Su visión empezó a oscurecer, y vagamente sintió que se deslizaba de la silla en donde estaba sentado. Se sintió aturdido. <<Maldita sea…>> fueron la últimas palabras que pensó antes de que todo su alrededor se volvió negro.

Oscar no se había movido de su lugar detrás de la silla. Sacó un cigarro, y lo encendió. El cerillo brevemente iluminó sus ojos. Brillaban negros, como un par de escarabajos. Exhaló una pluma de humo. Un poco de ceniza cayó al piso. Oyó una sirena en la distáncia. Escupió entre dientes sobre el piso. Dio la vuelta, y, ajustandose el sombrero, empezó a caminar hacia los muelles.

-FIN-

Image

…mucho más, muy pronto…

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